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MAGGIE

Escrito por:  Ricardo Vásquez Kunze

¿Cómo se siente?, le pregunta el médico a una venerable anciana vestida con una de esas batas que les ponen a los pacientes en los hospitales. Y la vieja señora, con un aire cansado pero los ojos chispeantes le responde: “¿Por qué me pregunta cómo me siento? ¿Por qué no me pregunta qué pienso? ¿Por qué todos hablan hoy de sentimientos y no de pensamientos e ideas? Las ideas hay que convertirlas en acciones, las acciones en hábitos y los hábitos en carácter, eso es lo que cambia el mundo”. Reina entonces el silencio. La anciana dama es Margaret Thatcher en la película The Iron Lady, interpretada brillantemente por otra veterana del arte, Meryl Streep.

Este contrapunto entre los sentimientos y los pensamientos es porque la película de Phyllida Lloyd está dirigida no a las ideas que invoca Thatcher, sino a los sentimientos que inspira: un odio visceral de buena parte de un mundo compuesto por especímenes políticos e ideológicos de distintos pelajes y que la magnífica actuación de Streep ablanda dándole a la Dama de Hierro una dimensión humana. Lo que quiere decir, en buena cuenta, que los enemigos de las ideas de Thatcher han sido durante años unos caricaturistas poderosos y efectivos. Porque sólo viéndola vieja y acabada, luchando con su implacable inteligencia argumentativa contra la demencia senil que pugna por apoderarse de ella es que Thatcher es digna de convertirse en un ser humano hecho película.

Sin embargo, ni siquiera esto arredra a los que la odian. Streep, dice una crítica feminista, ha reinventado a Thatcher. Eso es lo que hace interesante la película, dice otro joven progresista, para el que el film es de regular para malo. En suma, es Streep y no Thatcher la heroína de la película y, por lo tanto, Thatcher es un accidente convertido por Streep en la sustancia de una caracterización genial. La guinda de la torta es, como no podía ser de otra forma con los críticos, que terminado de ver el film, “no dan ganas de sumergirse en el conocimiento de la vida de Thatcher, sino de conocer aún más la vida de Streep”. Por supuesto que a los “críticos de cine” hay que tomarlos igual que a los “analistas políticos”, con mucho humor y, sobre todo, con mucha paciencia como corresponde a los que lo saben todo.

Pero, ¿por qué tantos odian a Thatcher? Por distintas razones, claro está, dependiendo de las fuentes de la amargura. Las feministas la odian porque es conservadora y, ¡cuándo pues han visto ustedes a una feminista conservadora, reivindicando a la familia tradicional! Qué intolerable resulta para la liberación femenina que esta mujer, gobernante implacable de uno de los países más poderosos de la Tierra, luego de tomar las decisiones más difíciles para su nación y el mundo, se diera un tiempo en la noche para cocinarle con gusto a su querido marido Dennis y servirle el té mientras lavaba los platos en la cocina. Y qué libre era, porque todo el quid del asunto está en La Libertad de querer hacerlo así.

“No hizo nada por las mujeres”, dicen otras expertas en sexología. Claro, Thatcher era enemiga de las cuotas de género para las mujeres porque no creía que alguien que no se lo merecía, por el sólo hecho de ser mujer, fuera aupada por una cuota socializante a un cargo cualquiera. En los países libres los mejores deben luchar para llegar a cumplir sus propósitos y, tarde o temprano, llegarán a la meta o se acercarán a ella. Esa es la ley del mérito, del esfuerzo propio, de la responsabilidad, de la perseverancia y la tenacidad en el marco de La Libertad. ¿No es Thatcher acaso la mejor prueba de ello? ¿La hija del tendero no tuvo acaso que luchar a brazo partido contra los grandes señorones conservadores de una casta social que la despreciaba? “No todas son Thatcher”, dicen en coro los colectivos de mujeres megáfono por la dignidad y la igualdad. Claro que no, queridas. Por eso mismo quien no tiene esos méritos no tiene por qué llegar a donde no le corresponde, ¿no creen? No es una cuestión de igualdad, es una cuestión de libertad. Ese es el credo de Thatcher.

Los comunistas la aborrecen por obvias razones. Fue Thatcher, en alianza con Reagan, la que se enfrentó política e ideológicamente a un comunismo que, a fines de los 70 del siglo XX, parecía estar en su máximo apogeo mundial. Fueron ellos, los comunistas, que saben calibrar perfectamente a sus enemigos, los que le pusieron la “Dama de Hierro”. No se equivocaron con Thatcher. No les dio tregua. Los presionó, los inquirió, polemizó y actuó en un mundo pusilánime con el marxismo hasta que vio caer el Muro en 1989 y, alejada apenas del poder, desmoronarse, en una noche de navidad de 1991, a la “todopoderosa” Unión Soviética que, en realidad, no era más que una cáscara hueca de ideas podridas gobernada por una burocracia de parásitos.

¿Y los socialistas? Estos la detestan porque los sacó del poder por 17 años (11 de Thatcher y 7 de Major) y porque puso al Reino Unido a trabajar. Sí, a trabajar. Es que, pues, los socialistas odian el trabajo aunque aman hablar de él. Las huelgas que paralizaban el país por quítame estas pajas terminaron cuando Thatcher se enfrentó durante un año al sindicato más poderoso de Gran Bretaña: el del carbón. ¿Por qué tenían que estar abiertas unas minas estatales improductivas que drenaban el erario para mantener de 8 de la mañana a 5 de la tarde a una poderosa cofradía de marca tarjetas? “Porque tenemos derecho a un trabajo digno”, fue la respuesta. El único trabajo digno es el productivo y es ése el que genera derechos. Thatcher generó más derechos a la democratización de la propiedad y la riqueza que toda la suma de gobiernos socialistas británicos en el siglo XX.

Finalmente, aunque la lista es más larga, en un mundo de hombres la odian los “hombres”. No todos, pero sí muchos. Sobre todo aquellos timoratos de su propio partido que se confabularon para derrocarla y que no perdonaron que durante 11 años una mujer los hubiera mandado sin miramientos. Porque Maggie, hay que decirlo, nunca perdió una elección popular.

Su vida fue una elección por las ideas. Y la sensibilidad consiste en darse cuenta de ello.