ACOSTA OJEDA
ACOSTA OJEDA

Escrito por: César Campos

Es verdad que algunos congresistas nos ofrecen como espectáculo sus pecados por acción. Pero también los que perpetran por omisión. Y quizás éstos sean más despreciables, mezquinos, canallescos, punibles y fiel retrato de sus grandes limitaciones.

Nos enteramos por Mauricio Mulder y César Lévano, que ciertos padres y madres de la patria han obviado de la relación de artistas merecedores de una pensión vitalicia a Manuel Acosta Ojeda. Su alegato para evadir responsabilidades es que “no saben quién es”.

En un país con marcada diversidad cultural y variada calidad de sus exponentes, no exigiré del común ciudadano apreciar al milímetro el aporte de este gran compatriota al acervo musical costeño y andino a través de sus composiciones. Tampoco que conozcan su estudio riguroso de la música popular que lo ha llevado a dictar cursos sobre la materia en la cuatricentenaria Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ni que sepan sobre su tarea al frente de la Sociedad de Autores y Compositores (Saycope) o que ahora ocupa la presidencia del centro Social y musical “Felipe Pinglo Alva”, fundado en homenaje al bardo criollo a los cuatro días de su muerte, hace 74 años.

Sin embargo, sí creo que los parlamentarios están obligados a repasar tales indicadores, exigir a sus asesores un expediente completo de Acosta Ojeda. Siquiera que abran la página web Wikipedia – la “enciclopedia libre” que los saca de tantos apuros – para saber que Acosta Ojeda “es destacado como uno de los mejores compositores de este país”; es decir, del Perú. ¿Es mucho pedirles para tapar su ignorancia?

He tenido la suerte de seguir a Manuel en algunas de sus lides criollas gracias a un gran amigo, el ingeniero Julio Pizarro, benefactor y cultor de este género. Pizarro me gratificó una vez llevándome a la quinta de Miraflores donde celebraba su cumpleaños la señora María Luisa Ojeda, progenitora de este gran autor del valse “Madre”, un emblema de la música local que enternece hasta los huesos, sobre todo cuando evoca: “madre, tus manos tristes como aves moribundas, ¡Déjame que las bese! Tanto, tanto han rezado, por mis locos errores y mis vanas pasiones…”

El Congreso debe rectificarse y hallar la fórmula de reparar su omisión. Con la atingencia que Acosta Ojeda no pide nada (nunca pide nada) sino por el reconocimiento que la nación le debe a uno de los emperadores vivos de la cultura nativa, cuyo talento, ingenio y gracia todavía podemos disfrutar.

Es posible que esta cruzada nos depare respuestas altisonantes de quienes – ojalá – dejarán las curules dentro de seis meses. Pero como en uno de los afamados valses de Acosta Ojeda, diremos que no nos importa mañana la condena si estuvo un rato el corazón contento. Contento de pretender justicia para quien la merece.