Category: Carlos Javier León Ugarte
LA CAÍDA DEL TODOPODEROSO SEÑOR JUEZ

Escrito por:  Carlos Javier León Ugarte
 
Baltasar Garzón, así se llamaba, bueno se llama, el otrora juez invencible y todo poderoso, ubicuo y omnipotente, el mismo que desplegaba la constitución a cualquier parte del mundo, el mismo que hizo que las leyes fueran universales en América, en Europa, en África y en todos lados; el que golpeaba la mesa y hacía temblar a los pillos y dictadorzuelos que esperaban pasar sus últimos días recordando sus cadáveres del ropero, soñando con el trono que alguna vez tuvieron, y tratando de conciliar el sueño entre pesadillas sangrientas de gritos y dinero entre sus manos.
 
Ese era Garzón, poderoso hasta el delirio, vanidoso hasta el hartazgo e invulnerable por donde brillase, bueno, eso se creía. Hasta que osó ir más allá de su comarca, de su jungla y del infinito universo donde había gobernado los últimos quince años de su vida, trató de hacer justicia en su propio país, y tuvo la “inverecundia” de querer desenterrar los viejos fantasmas del franquismo que sigue administrando la iglesia, la política, la milicia y la vieja opinión pública que se niega a rejuvenecer.
 
Sí, de manera testaruda cruzó el umbral del más allá e intentó descerrajar el ataúd de Franco, ¡Pobre insolente!!! Lo que originó la estampida de susurros psicofónicos en los oídos de los vivos, en las paredes de los claustros de la Iglesia Católica cada vez más caduca que retumbó gutural desde sus mazmorras, del Partido Popular de Aznar, de los militares cabecillas, hijos de aquellos que se cuadraban ante el generalísimo, a los jueces que admiraban al rey mago Baltasar por lo que hacía, pero que en el fondo estaban esperando la oportunidad de tenerlo entre sus manos para despercudirlo por tan fatua vanidad y protagonismo.
 
Entonces, el alma del general se desperezó del “Valle de los Caídos”, gritó y se desgañitó desde su tumba y voló furioso a despertar a cachetadas a Rajoy del dulce sueño que la Troika le había conferido desde Grecia y le dijo con sus ojos de mirada bélica: Hasta aquí nomás.
 
Entonces siete magistrados, como las siete trompetas tocaron fuerte, sonaron y destellaron por todos los cielos españoles, se acomodaron la toga y el fuste y acusaron al acusador, veneraron con genuflexia a aquellos dictadores y asesinos que la vida tuvo el infortunio de legarnos, le rindieron homenaje no a los padres de Hilda Farfantes que murieron en manos del franquismo cuando ésta tenía cinco años, no a Orlando Letelier que explotó por los aires de un coche bomba, ni Allende, ni Víctor Jara, ni a aquellas almas que se agitaban asustadas desde el viejo Estadio Nacional chileno..No; al contrario, rendían pleitesía con su fallo a Pinochet, a Franco, y a cada miserable que llegó al poder para matar y callarnos, y adormecernos la lengua a puro fusil, plomo y borceguí.
 
Once años de inhabilitación profirieron con el mazo besando violentamente la madera, y el pavimento de la Puerta del Sol se estremeció, la pluma del periodista atosigado tembló sin tinta sobre el papel, y la vendetta estaba consumada, y los dictadores estaban honrados, y la corrupción de la política española se agitaba entre sus gusanos en un festín pantagruélico y desdeñoso del que todos querían participar.
 
La ETA reventó fuegos artificiales, el nombre de Bin Laden se escuchó más que nunca en la conciencia norteamericana, y Silvio Berlusconi se fue de putas para celebrar el dictamen.
 
Mientras eso, el Tribunal Supremo iniciaba la orgía exclusiva de ver a Baltasar Garzón entre sus cuatro paredes deambulando atado a manos, ojos y piel, mientras que Franco regresaba satisfecho al “Valle de los Caídos” a sonreír a cara completa frente a sus victimas que enterradas frente a él, creían ilusamente, que la justicia era para todos.